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"Siempre volvemos": El peligro de la espera peronista

Por

Felipe Galli

El pasado domingo, durante una ceremonia de apertura de sesiones ordinarias especialmente abierta y especialmente ordinaria, vimos a Javier Milei siendo Javier Milei. “¡Me encanta domarlos!”, “¡Chilindrina troska!”, “¡Riesgo kuka!” y todo el repertorio visceral que a nuestro actual presidente le conocemos muy bien. Por su parte, del lado del peronismo, hemos visto las mismas reacciones, tanto desde su militancia en redes como desde las bancas del Congreso. En vez de apuntar a los datos denunciados como falsos del discurso, el enfoque giró casi enteramente a lo obvio. Los mismos gritos de “la va a chocar”, “papelón”, “Milei está loco”.

Se atribuye a Perón la frase “yo no haré nada, todo lo harán mis enemigos” al ser consultado durante su exilio sobre su estrategia para retornar al poder. Esta frase, repetida ad nauseam por militantes peronistas, junto con el arrogante speech de “vamos a tener que arreglar todo” y la omisión reiterada al período vergonzoso de Alberto Fernández, son todas las armas con las que hoy por hoy la dirigencia peronista cuenta para infundir a su agobiada militancia un poco de ánimo. Prometerles una y otra vez que, sin importar cuánto se dividan en internismos inútiles y guerras de poder estériles, sin importar que no tengan un programa de gobierno coherente fuera de una apelación a una época que ya no existe y sin importar, en suma, que tan malos sean como oposición, el fracaso eventual de Milei será tan rotundo que se verán catapultados de vuelta al poder casi por orden natural.

El problema es que ya vimos al peronismo ser catapultado al poder por orden natural, cuando no tenían ninguna otra vocación para desalojar a Mauricio Macri más que el poder mismo. Y ya vimos el resultado. Asimismo, las condiciones para que la cita de Perón tenga lugar son atrozmente diferentes. Para empezar, ya no hay Perón. Segundo, ya no hay propuesta. Tercero, el eje de la polarización corre riesgo de cambiar por fuera del peronismo.


“Milei está loco”

Efectivamente, nuestro presidente no oculta su desprecio por el protocolo institucional, muestra rasgos emocionales perturbadores y no escatima en palabras malsonantes para sus detractores. Eso ya lo sabemos todos. Me resultaría extremadamente curioso encontrarme a un argentino que haya visto el discurso del domingo y me diga que vio algo que inspire sorpresa. A nadie le parece novedoso el estilo de Milei.

Los argentinos ya sabían quién era Javier Milei, luego de una larguísima campaña de meses, en noviembre de 2023, cuando ganó el balotaje. Los argentinos ya sabían quién era Javier Milei el pasado octubre de 2025, cuando se impuso con holgura en las elecciones legislativas frente a un peronismo carente de ideas e internamente devastado, pero estructuralmente unido como nunca para un proceso electoral de este tipo. En definitiva, decirle a alguien que “Milei está loco” es lo mismo que decir que la lluvia moja. No es decirle absolutamente nada nuevo.

Y sin embargo, por alguna razón en el peronismo sigue habiendo una llama de esperanza de que su eventual retorno al poder pase por ahí. Porque un día los argentinos se despierten, vean en la tele a su presidente, digan “uy, qué enfermito importante” y corran a votar al PJ, pidiendo de paso disculpas por haber sido atrozmente desagradecidos con su sagrada dirigencia.

El problema es que ese análisis responde a una lógica de comodidad pendular que el peronismo, por su propia naturaleza de origen, no debería poder permitirse. El peronismo se precia de ser (en lo discursivo) un “movimiento revolucionario” con una lógica permanente de transformación y de cambio. Sin embargo, su actual lógica es la de establishment conservador: defensa del statu quo, tachar a la juventud de tonta, apelar a la racionalidad en vez de a la pasión y esgrimir que de todas formas el péndulo se volverá a torcer a su favor y volverá.

Estoy muy seguro de que eso es lo que pensó la dirigencia de Juntos por el Cambio mientras veía, cómodamente sentada desde las instituciones que ocupaba y los gigantescos monopolios mediáticos y económicos favorables que tenía, a Alberto Fernández fracasar. El resultado salta a la vista. Juntos por el Cambio se hundió en sus propias contradicciones y ya no existe. Y si bien el peronismo, por obvias razones, no es Juntos por el Cambio, no está exento para nada de correr un destino muy similar si no se produce un cambio dirigencial y no se consensúa un programa económico serio.

Existe una gran masa de personas que de Milei no espera nada. Está la masa opositora, que nunca le vio nada bueno. Está la masa oficialista, que lo votará pase lo que pase. Finalmente, tenemos al tercio que no concurre a votar, de los cuales aproximadamente una mitad podría votar en una elección presidencial. Ese sector no vota porque no espera nada ni de Milei ni de ningún otro político. Y ahí es donde la oposición está fracasando.


“Milei está domando”

“Me encanta domarlos”, dice Milei. Y aunque podemos discutir hasta que punto su circo capta a la mayoría de los argentinos y a qué porcentaje no les importa, no podemos discutir que Milei está, en efecto, “domando”.

Es una realidad dura como un yunque. Milei inicia el año con una topadora de victorias en el ámbito legislativo que no solo representaron una humillación total para el peronismo, sino que se lograron vía deserciones parlamentarias y acuerdos con los gobernadores del norte, hoy por hoy el último reducto de poder fuera de la provincia de Buenos Aires que le queda al PJ. Aún si no lograse la reelección (lo que es muy pronto para definir), Milei se ha anotado más puntos en los ámbitos legislativo y ejecutivo que ningún presidente no peronista en la historia, y todos se lograron mediante goles en contra del peronismo.

La rápida aprobación del paquete legislativo (y los que queda por venir) palidecen en torno a otra realidad aún más escalofriante: las deserciones dejaron al kirchnerismo con el control de solo 25 bancas en el Senado, lo que deja a Milei a tan solo un voto (vía negociaciones) de cubrir las vacantes en la Corte Suprema que no pudo llenar durante la primera mitad del mandato. En tan solo seis meses, Milei pasó de una debilidad política casi total a tener en un puño el Congreso y quedarse a tan solo un gol legislativo de tomar la justicia.

Y los triunfos institucionales no son tan impresionantes como aquellos en el ámbito cultural. Hoy por hoy la mayoría de los argentinos se muestran apáticos, sí, pero Milei tiene una base de apoyo y partidarios propia que no se compara con ningún otro líder fuera del peronismo. Más sólida que la que tuvieron Macri y Alfonsín. Sus seguidores manifiestan un fanatismo febril exacerbado e indestructible y, aunque están muy lejos de representar una mayoría, sería demasiado ingenuo a estas alturas creer que se trata solo de un grupo de tuiteros.

El único nubarrón para LLA es que el destino de Milei está firmemente atado al porvenir económico y eso no siempre está garantizado. La actual luna de miel política puede mostrar signos de agotamiento en cualquier momento. Sin embargo, un eventual declive de los números sólo podrá ser capitalizado por una oposición renovada, unificada y fortalecida. La Argentina no tiene eso en este momento y el peronismo no contribuye a construirlo.


“El futuro es Radical”

No, no le voy a hacer propaganda a la UCR. El futuro de Argentina tal y como lo vemos está lejos de ser radical (sea lo que sea, hoy día, eso). Pero el futuro del peronismo sí que está peligrosamente cerca de serlo si el curso de los acontecimientos no se ve alterado.

Entre 1890 y 1946 el radicalismo fue (a su manera y con sus matices diferenciales) el eje de la polarización nacional. De un lado estaba el orden conservador oligárquico y del otro las fuerzas reformistas que lo enfrentaban, con el radicalismo como principal vertiente política y articulación partidaria. Aunque sólo gobernó entre 1916 y 1930, el partido podía hacer alarde de dos cosas clave. Primero, eran el partido mayoritario de la nación y ganarían cualquier proceso electoral en condiciones mínimamente libres. Segundo, gozaban de una hegemonía cultural que provocaba que sus detractores tuvieran como objetivo primario deponerlos y como secundario cualquier otro concepto ideológico.

El desgaste de la UCR como fuerza mayoritaria del país vino mucho antes del triunfo de Perón en 1946, durante la última etapa de la Década Infame. Sus dos principales liderazgos (Hipólito Yrigoyen y Marcelo T. de Alvear) estaban ya muertos. Su estrategia para combatir al régimen fraudulento había fracasado por su alternancia entre el método insurreccional y el método dialogante. El arribo de Perón fue solo el último clavo en el ataúd.

Por supuesto, el radicalismo era al momento del arribo del peronismo el único partido político con la estructura nacional suficiente para disputar el poder al nuevo movimiento, lo que le permitió erigirse rápidamente como “el partido antiperonista”, posición que mantendría durante casi cinco décadas, llegando a gobernar varias veces antes de su colapso. Sin embargo, su posición siempre se vio lastrada por su carácter de ser “el otro lado” de una polarización de la que no era protagonista.

La UCR se vio de este modo vaciada de contenido propio, sometida a ser el vehículo electoral de sectores económicos y mediáticos con los que siempre había estado, por motivos de origen ideológico, enfrentada. Lo más cerca que estuvo de construir una épica propia fue en 1983, de la mano de Alfonsín. No obstante, el trauma de la consolidación democrática y los menesteres económicos de la época frustraron esa ventana de oportunidad. El acabose definitivo, que todos conocemos, fue con De la Rúa en el 2001, aunque ya venía anticipado desde antes.

Y si bien el gobierno de Alberto Fernández no llegó al nivel de descalabro que el de De la Rúa, el riesgo para el peronismo de correr un destino similar frente a Milei, sobre todo cuando todo su discurso hoy por hoy pasa por ser “el partido antimileísta”, es real. Quizá las probabilidades no sean tan altas, pero están lejos de ser cero.


El desierto político peronista

Hoy el peronismo lo único que sabe respecto a la realidad argentina es que se opone al proyecto político que encarna Milei. Hablarán de “soberanía nacional”, “estado presente” y todas las declaraciones de intenciones bonitas que no lograron hacer realidad en décadas de predominio político y luego de varios triunfos electorales. Sin embargo, el efecto es el mismo que ver a un radical en 1949 hablando de las “instituciones” y las “libertades civiles” que en su previa hegemonía política no había conseguido consolidar. Sabemos que no les gusta Milei, pero no sabemos qué proponen como alternativa a este. Incluso aunque eso baste eventualmente para ganar una elección, el paso del albertismo demuestra que ganar y gobernar no es lo mismo.

Existe un eje político dentro del peronismo (encarnado en el ala dura kirchnerista) que ve cualquier transigencia en la discusión económica como una “concesión ideológica” a la derecha política. Esto echa por tierra lo que en su momento fue el mayor punto a favor del peronismo, la capacidad de reinventarse para conservar el poder. Decirle algo así al PJ en 1990 con Menem, en pleno auge del consenso de Washington, o decírselo a los mismos Kirchner en 2003, en pleno auge de los booms de recursos  y el ascenso del chavismo, hubiera despertado una ola de críticas atroces.

Si a esto le sumamos que no se trata de la defensa de valores férreos, sino de un dogmatismo casi terraplanista basado en rechazar (entre otras cosas) toda vinculación con mercados que existían antes y que seguirán existiendo mañana, o asumir los costos políticos de las recientes derrotas electorales, este atrincheramiento resulta mortal.

Y finalmente, llegamos a que ese dogmatismo no viene acompañado con una fuerza que les permita imponerlo. Tenemos un accionar opositor precario, descoordinado y mucho más débil que el que se libró durante la presidencia de Mauricio Macri (el período con el que más le gusta a la militancia comparar el ciclo actual como evidencia inequívoca de su inminente retorno). Lo cierto es que, de cada diez pasos que da Milei, Macri nunca hubiera podido dar más de tres con la oposición que enfrentaba en ese momento.

Vamos a darle la derecha (valga la redundancia) en algo a los kirchneristas. Lo que exigen sus críticos internos es políticamente irracional: que cedan un espacio de conducción que genuinamente conservan porque nadie más está en condiciones de disputarlo. Kirchner no le pidió ni a Menem ni a Duhalde que le regalaran el liderazgo, se los ganó. Menem no le suplicó a Antonio Cafiero que le dejara ser candidato, le ganó la interna. Cafiero derrotó a la conducción peronista ortodoxa al competir separados en las legislativas.

El desierto político dirigencial del peronismo no es culpa de Cristina Fernández de Kirchner, sino precisamente de los que deberían trabajar para superar su etapa. De acuerdo a sondeos de opinión recientes, cinco de cada diez argentinos considera que o no hay un líder de la oposición o, si lo hay, no sabe quién es. Los demás se dividen entre Cristina y el gobernador bonaerense Axel Kicillof, ninguno de los dos con el reconocimiento de más de un 15% o 20%. En pocas palabras, la Argentina ya ha pasado más de la mitad de este gobierno sin la presencia de un líder opositor claro. En un país tan terriblemente dependiente de los liderazgos personalistas, y para un movimiento político que nació del personalismo y que es incapaz de mantenerse unido sin liderazgo, eso resulta devastador.

Por supuesto, la lógica pendular nos llevará a recordar como no sabíamos quién iba a ser el candidato del peronismo hasta el cierre de listas tanto en 2019 como en 2023. Si aplicamos esa lógica, lo correcto sería revisar el diario del lunes (que sí lo tenemos a mano) y preguntarnos directamente, ¿cómo salió?

Y finalmente, siguiendo la comparación con la UCR, está la duda más importante. ¿Surgirá de la implosión política del peronismo un partido que sea lo que el PRO fue para la UCR? ¿Lo que LLA fue para el PRO? ¿Aparecerá un movimiento de izquierda alternativa, de izquierda más dura o de izquierda más socialdemócrata? ¿O será nacionalista y más conservador? ¿O no será y veremos al peronismo desfondarse lentamente ante el ascenso de una nueva hegemonía?

De todas formas, eso solo lo sabremos al final de la espera. Si alguien sabe esperar sentado a que las cosas pasen, en este momento, es el peronismo. El peligro, que el tiempo se les acabe mucho antes de que esa espera termine.

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