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Dos bolitas de pelo en Gaza

No debían pesar más de 200 gramos juntas.

Por

Felipe Galli

Durante los años que llevo cubriendo y escribiendo sobre situaciones extremas a lo largo y ancho del mundo, creí haber aprendido una lección muy importante, la cual he defendido a lo largo de los años, sobre todo en charlas privadas.

Los principios morales son, generalmente, algo que uno puede costearse.

Es esa la respuesta al hecho de que un mundo afectado por una sucesión de crisis económicas y guerras cada vez más brutales se haya vuelto cada vez más individualista, cortoplacista, polarizado y visceral. El común de la gente está cada vez más ocupado sobreviviendo o cuidando sus propios problemas, lo que lleva a que no tenga tiempo o posibilidad de pensar en el otro. El que ya está cómodo, aunque técnicamente es egoísta, en el fondo no quiere poner en peligro su propia posición. Quizá esté menos justificado que el que es pobre, pero no se puede negar que ambos operan por la misma lógica.

Pero todo lo que hemos aprendido encuentra, en algún momento, un foco de contradicción o una excepción que lo pone en duda. Y eso me pasó esta semana.

Hace unos días, poco después del ataque de Estados Unidos e Israel a Irán en el que los tres países fueron protagonistas, pero que se saldó con bombardeos y muertes en muchas otras naciones cercanas, estaba charlando con mi amigo Tariq, de la Franja de Gaza.

Lo conocí hace varios meses, a través de redes sociales, tras leer un post suyo en Twitter. Un pibe normal, como cualquiera de nosotros, que tuvo la desgracia de nacer en el epicentro de uno de los más desgraciados eventos de nuestro tiempo.

La guerra le arrebató todo. A su padre, a su hermano mayor, a su novia, sus amigos, sus mascotas, su casa, su facultad y su trabajo. No le ha quedado otra que asumir el cuidado de su gran familia en medio de una situación increíblemente precaria, escapando de los bombardeos israelíes y sobreviviendo en medio de escenarios terroríficos que escapan a la comprensión de alguien que no los vive. Escribimos algunos artículos, relatando la difícil situación en la Franja bajo los ataques constantes, el bloqueo, la crisis humanitaria y la devastación diaria, así como la difusión de su campaña para obtener donaciones, con la cual mantiene por poco a su familia en la precaria tienda en la que viven, con muy pocos alimentos.

“Mientras esperábamos de noche, sentados, a que entraran algunos camiones de ayuda desde la zona ocupada, apareció un pequeño dron”, me comentaba, en un intercambio hace unos días. “Se quedó flotando justo encima de nosotros, a unos dos metros de altura. Nos tomó fotos y luego varias luces pequeñas se dirigieron hacia él. El dron se alejó y regresó con las luces apagadas, ahora cargando una bomba. Escuché el sonido de sus pequeños motores, aunque no veía su cuerpo, y supe que venía a lanzarnos la bomba. Alerté a los que estaban sentados y todos nos levantamos rápidamente, excepto dos personas que se quedaron en su lugar. Apenas había dado unos pasos cuando la bomba cayó exactamente donde yo estaba sentado momentos antes. Estaba dirigida contra nosotros. Al soltarla, el dron emite un sonido como un leve ‘pop’ o chasquido ligero, pero audible. Después de ese sonido, la bomba explota pasados cuatro segundos. Cuando escuché ese pop, corrí hacia adelante y me tiré al suelo. Así sobreviví ese día. Las dos personas que no se movieron y se negaron a levantarse resultaron gravemente heridas en todo el cuerpo”.

Historias como estas son el día a día para Tariq, y asegura tener más. Cada día, desde octubre de 2023, ha sido una pesadilla constante. A pesar de las promesas reiteradas de un alto al fuego, los ataques continúan siendo rutinarios.

Pero entonces, en esa misma conversación, me dijo muy animado:

“Por cierto, quiero mostrarte a mis dos nuevos amigos”.

Resulta que mientras Tariq caminaba por las calles destruidas, se encontró con algo increíble. Acurrucados en medio de la nada, abandonados recientemente por su madre (quizá asustada por un bombardeo, quizá porque los creyó inviables), dos minúsculos gatitos bebé. Flacuchos, de ojitos aún cerrados y orejas aún hundidas, con un pelaje entre blanco y naranja, no debían tener más que unos pocos días de nacidos. Sin posibilidad de recibir calor, cuidados veterinarios, ni alimentación adecuada, parecían condenados.

Tariq podría haber seguido de largo, verlo como una simple y triste anécdota. Las posibilidades de supervivencia eran ínfimas, casi nulas. Él tenía una madre enferma, y hermanos en los qué pensar. Siguiendo la lógica de que los principios son algo que se puede costear, él no tenía saldo en la cuenta. Dos años de bombardeos y persecuciones deberían bastar para desensibilizar a cualquiera.

“No podía dejar que murieran”, me dijo, “estas dos criaturas merecen vivir tanto como yo”.

Tariq, el protagonista de esta historia.
Tariq, el protagonista de esta historia.

Esas dos minúsculas bolas de pelo apenas podían moverse, torpemente. No pesarían 200 gramos juntas. Una rápida investigación vía inteligencia artificial dejó claro que el panorama era devastador. Cualquier oportunidad pasaba por insumos veterinarios que no daban garantías en un contexto normal, y que serían casi imposibles de lograr en el contexto de Gaza. Si bien consiguió una jeringa para alimentarlos de manos de un amigo cercano (ingeniero agrónomo con algunos conocimientos del tema), un recipiente donde colocarlos juntos para que se dieran calor, la situación se veía involteable.

Pero pasado el susto inicial y ya con las instrucciones (que hice traducir al árabe para enviarle) en mano, Tariq estaba mucho más envalentonado y alegre. Se imaginaba haciéndose cargo de los dos gatitos, y conservándolos hasta después de la guerra. Me dijo que quería que yo tuviera el honor de ponerles nombre. Hice una rápida búsqueda y le propuse “Amal” y “Haya”, que en árabe significa “Esperanza” y “Vida”.

Fue simplemente increíble haber leído la terrible historia del dron y luego la de los gatitos y creer que fueron protagonizadas por la misma persona. Tariq enfrentaba horrores con los que no sería posible siquiera soñar, y sin embargo ahí estaba, como cualquier joven que se encuentra a un animalito en la calle y decide rescatarlo. Su más básico instinto de empatía y cuidado no solo estaba intacto, sino que era increíblemente fuerte. Era casi imposible no sentirse revitalizado y esperanzado al verlo.

Al día siguiente, nos volvimos a comunicar y me trajo las malas noticias esperables desde el primer momento, pero no por eso menos devastadoras. Uno de los dos gatitos no lo había conseguido. Había fallecido.

Lo primero que sentí fue un profundo golpe. Ver a Tariq apesadumbrado, llegando incluso a sentirse culpable por una situación en la que no tenía ninguna culpa, ver la idea de un “bonito rayo de esperanza” en medio del escenario más devastador y horrible posible desaparecer, y en suma ver a una criatura minúscula perder injustamente la vida. Daban ganas de destruir todo, de gritar. Hasta lloré un poco, a pesar de que rara vez lloro de tristeza.

Quizá ver el vaso medio lleno en situaciones extremas sea mezquino, sobre todo cuando uno lo mira desde afuera. Es momento de ponerse a gritar contra la injusticia, contra lo terrible de una situación, haya culpable o no. Sin embargo, mientras sentía el esperable bajón por la situación y trataba de consolar a Tariq, efectivamente le busqué la vuelta.

Ese gatito que no sobrevivió tuvo una breve y difícil existencia, pero le dio calor a su hermano y tuvo, a su lado, un ser humano que lo acompañó en su final anunciado. Es todo lo que un gatito merece, y eso fue lo que le dije a Tariq, que pensara en que al menos le dio al gatito todo el amor que podía recibir en sus condiciones. Dijo que se sentía más envalentonado para cuidar al que quedaba, y que pondría todo su empeño en ello. Y entonces decidí que el fallecido sería Haya y el otro sería Amal, porque aunque nos quiten la vida, la esperanza va a seguir ahí y será lo último que se pierde. Y aunque Amal tampoco lo logre, su paso por este mundo habrá permitido aportar justo lo que su nombre dice.

Es curioso. Gran parte de mis experiencias vienen marcadas por la ironía.

Con mi familia descubrí el valor de los lazos familiares, de la mano de una familia que sufrió en carne propia los horrores cotidianos de la pérdida, y los horrores de la injusticia histórica.

Con mis hermanos venezolanos, cubanos y de decenas de países autoritarios que he cubierto, descubro cada día el valor de la libertad y la democracia, de la mano de la lucha incansable de personas que, aunque nacieron sin conocerla, ya la aman. He visto pocos demócratas tan duros y fervientes como aquellos nacidos y crecidos en dictadura.

Y en Tariq descubrí el valor del ser humano. Porque Tariq no es un Dios o un ángel, no es un héroe. Es una persona. Y eso es lo que, a mi juicio, más maravilloso lo vuelve. Porque cuando leo sus mensajes, me doy cuenta de que estamos lejos de ser una especie perdida. Y en Gaza, el lugar dónde más debería haberla perdido (el mayor ejemplo contemporáneo de inhumanidad, insensibilidad, destrucción y desastre) encontré, acurrucada con dos bolitas de pelo, mi esperanza en el ser humano.


Si deseas colaborar para ayudar a Tariq y su familia a sobrevivir en Gaza, dejamos el link para donar. Necesitan ayuda desesperadamente. Pueden seguir su cuenta en Twitter (@TariqGaza) para darle difusión.

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