Todos somos la crisis
El Congreso debatió la reforma laboral este jueves.
Por
Felipe Galli

El pasado 19 de febrero se discutió la reforma laboral en la Cámara de Diputados de Argentina. Luego de varias horas se aprobó con modificaciones con 135 votos a favor y 115 en contra, retornándola al Senado. A pesar de que la principal central sindical del país convocó a un paro general, que organizaciones sociales llamaron a movilizarse y que los partidos opositores participaron de un tenso y agresivo circo parlamentario, la aprobación fue recibida afuera por una plaza apagada, unos cacerolazos aislados y posts incendiarios de la militancia peronista en las redes.
Sería muy simple limitarnos a pensar que esto ocurrió porque la mayoría de los argentinos apoyan las políticas de Javier Milei. Sería muy simplista también creer que la mayoría de los argentinos “quieren tener menos derechos”, “son individualistas” o “son poco empáticos”. Sería muy fácil, y es la salida fácil de una fuerza política que no puede entender sus propias flaquezas y que prefiere ampararse en sectarismos que asimilar realidades duras.
Y la realidad es dura, porque el problema argentino es mucho más complejo.
Mientras escribo esto me pregunto por qué lo hago. No es por deber, ni siquiera es análisis, ni siquiera es catarsis. Es más la sensación de querer desahogar algo y que cualquiera que lo lea me diga si siente lo mismo.
Dedico la mayor parte de mi tiempo a cubrir países alejados del mío y me siento mucho más cómodo con eso. No obstante, no puedo no sentir esa sensación de deuda con mi Patria. A veces amigos me lo preguntan, a veces gente con otras intenciones. A veces yo mismo me siento, mientras escribo sobre una protesta en Venezuela, un fraude electoral en Camerún, una masacre en Yemen o la crisis interna del régimen de Cuba, miro por la ventana y me pregunto: “Y de esto, ¿qué pienso?”.
Y uno se da cuenta de que responder un cuestionamiento que en principio es vacío, cobra validez cuando uno mismo termina haciéndose la pregunta.
“¿Por qué nunca hablo de Argentina?”
En principio, siento que la Argentina, tal cual está hoy, me deprime inmensamente.
“La Argentina duele mucho”.
Acepto que suena extraño que hablar de Argentina me duela más de lo que me duele hablar de venezolanos torturados, o de cameruneses baleados, o de yemeníes y cubanos hambreados. La Argentina sigue siendo un país democrático, sigue habiendo libertad de expresión, sigue cumpliendo con la mayoría de los requerimientos internacionales para etiquetarse como tal.
Pero el debate público está muerto.
La discusión política en la Argentina se derrumba a pasos agigantados. En las redes, se respira un odio intenso e irreconciliable, propio de países que han vivido horrores que dejan en pañales a nuestra crisis económica. En nuestro Congreso, el nivel ha caído al de las rabietas infantiles, con incidentes de pésimo gusto y personas que carecen de la mínima cualidad moral para ejercer una función pública tan elevada.
Ver algo morir violenta y arbitrariamente duele, pero verlo marchitarse poco a poco duele aún más. El riesgo en que queda nuestra democracia frente al discurso cada vez más antidemocrático que nos invade a todos produce aún más terror que la represión a gran escala. Ya no vemos las botas de los milicos o los tanques en las calles, pero corremos el riesgo de estarnos comiendo nuestra democracia nosotros mismos.
En principio, nuestro debate militante se ha reducido a un choque en el que la descalificación y agresión verbal contra “el otro” se ha vuelto no sólo tolerada, sino crónica. “La grieta es moral”, “lloren kukas”, “el otro es un pelotudo siempre y en todo lugar”. La política argentina siempre ha sido performativa y sentimentalista a rabiar, pero el deterioro de los últimos años no ha hecho más que profundizar esa realidad previa.
En la calle se respira otro ambiente. La vida real no es la de las redes. Sin embargo, eso no vuelve el panorama más alentador. Hoy por hoy la mayoría de los argentinos se muestran o bien aferrados a la esperanza de que el oficialismo cumpla sus promesas, o bien apáticos, sin interés en la política, o bien en un estado de atrincheramiento opositor desilusionado que los cierra en cámaras de ecos, pero que no los conduce a plantear una alternativa propositiva. Si sumamos a los que votaron al oficialismo por rechazo al kirchnerismo, a los que votaron a la oposición por rechazo a Milei y al tercio que no votó, nos encontraremos con que a una importante proporción de la población la situación actual o no le importa o está paralizado ante ella.
Todo eso conduce a un divorcio mental, a centrarse en otras cosas, a ignorar lo que ocurre al lado y buscar con qué distraerse. Está el trabajo, está la familia, están los amigos, están las mascotas, están las noticias internacionales. El panorama de la vida individual es muy sólido en ese sentido y ayuda mucho a separarse. Cuando uno quiere acordar, ya ni siquiera sabe de qué se está hablando. Menos en este país, donde la política avanza a un ritmo tan acelerado. Pero claro, cómo se suele decir, Argentina es un país en el que uno se va quince minutos y cambió todo, pero se va veinte años y no cambió nada.

“Sólo sé que no sé nada”.
En mi caso concreto eso debería ser casi un crimen. Me desempeño hace años en un ambiente politizado, vengo de una familia fuertemente politizada, y prácticamente soy incapaz de sostener una conversación que no pase por temas políticos. Sin embargo, de un tiempo a esta parte me voy dando cuenta de lo poco que quiero hablar de la Argentina. Y si me tirás un poco de la lengua, me voy a dar cuenta de que hay cosas que no sé por qué pasan. No porque viva en un termo, sino porque no las entiendo, y prefiero no entenderlas.
Nuestra academia es nutrida, amplia y está llena de nobles politólogos, sociólogos y periodistas que se dedican honorablemente a buscar una explicación a las cuestiones nacionales. No obstante, nuestro panorama mediático (más cerca moralmente de nuestros actuales representantes institucionales que de nuestros exponentes académicos) suele dar rutinariamente voz a analistas que dan largas explicaciones, intensos malabares, solo para que (sin demasiada información) nos demos cuenta de la verdad: tampoco pueden explicarlo.
A Argentina nadie la entiende. Es lo que yo mismo me dije ese ya lejano agosto de 2023 en que el pueblo argentino incendió de un plumazo una pila de papers de ciencia política de cuarenta años. Cualquier analista que te diga que “entiende a la Argentina” te va a estar mintiendo. Y hay una industria mediática (tampoco gigante o hegemónica, pero real) de analistas, periodistas y panelistas sin formación dedicada a explicarle a los argentinos un país del que ellos mismos no saben nada.
Y yo odio hablar de lo que no sé explicar, así fuera una explicación errada, pero apoyada en fundamentos. Hablar lo menos posible de Argentina, a veces, es más un acto de honestidad e incluso de amor para con el país. No quiero tergiversarla, no quiero calumniarla, no quiero convertirla en otro caso para cubrir. No me sale.
“Todos somos la crisis”.
El problema argentino jamás fue económico. Por eso la inflación puede ralentizarse mil veces, la economía crecer sostenidamente y todo podría “salir bien”, y sin embargo seguiríamos en crisis. La crisis argentina es multicausal, estructural, orgánica. Muchos términos técnicos que se resumen en una sola frase: todos somos la crisis.
Basta con alejar el ojo del tema económico, o de los partidos políticos, y enfocarlo en el aspecto menos estudiado de nuestra crisis. Se trata del desfonde que ha sufrido nuestra sociedad civil, otrora una de las más vibrantes del continente.
Pongamos el ejemplo más discutido: las organizaciones de derechos humanos y la Memoria de la dictadura. Hace una década, existía un amplio consenso histórico en torno al final de la última dictadura militar y el sistema democrático que de ese final surgió. Ese consenso está destruido, roto, se terminó. Hoy por hoy se puede defender el accionar de la dictadura impunemente y tratar a todos los desaparecidos de terroristas. Al preguntarle a una persona más o menos razonable al discutir el tema, te dirá el speech básico: “las organizaciones de derechos humanos se desvirtuaron”, “se volvieron sucursales del kirchnerismo”, “tienen casos de corrupción”, “defienden a Cuba y Venezuela”. Y si bien todo tiene matices, razonables o no tanto, es indiscutido que esa imagen (levantada desde la misma militancia kirchnerista en su momento) ha calado hondo en la opinión pública, y esa opinión que antes era marginal y polémica hoy puede ser mayoritaria y aceptada como un hecho.
Pasar a otro ejemplo: los sindicatos. Es muchísimo más sencillo encontrar el problema. Es muy fácil entender por qué una gran masa de trabajadores argentinos no se siente representada por grupos que han dedicado los últimos cuarenta años a hegemonizar de forma antidemocrática una estructura que debía defenderlos. Una estructura que, cuando se aprobaron leyes que debilitaban sus derechos, osciló entre el silencio cómplice y el discurso sin contenido. Una estructura que no para de hablar de “derechos que tanto nos costó conquistar” en un país donde más de dos quintos de los trabajadores no tienen derecho alguno. No es que eso legitime el discurso de Milei “haciéndolo bueno”, lo legitima “haciéndolo razonable”. No van a movilizar a protestar a un trabajador para defender derechos que ya no tiene.
Y finalmente, tenemos a las organizaciones sociales. Por un lado, y desde alguien que siempre se ha reconocido como antikirchnerista, he de admitir que se trata de entidades que para muchas personas representan un sostén diario. Y no hablo de los pocos corruptos que se enriquecen con ellas, hablo de los millones que dependen de su ayuda. Por el otro, tenemos la imagen negativa que ya cargan ante la sociedad. Hablamos de décadas en los cuales se tercerizó la labor que hoy (que ya perdieron el gobierno) quieren defender que tenga el Estado, décadas en las cuales se permitió que usurparan sus funciones, que intimidaran gente, que desaparecieran dinero de los argentinos. Fingir que eso no fue real y que todo es culpa de una conspiración no lo desaparecerá.
Partidizar algo en un contexto autoritario es no sólo entendible sino inevitable. Para un régimen autoritario todo lo que no esté a favor está en contra, no hay neutralidad posible. Pero partidizar algo en un contexto democrático lo vuelve inherentemente debatible. Por ese lado, seguimos pagando las consecuencias de ese “pecado original”.
Y sería extremadamente fácil decir que la culpa la tienen los que respondieron a las actitudes de las organizaciones de derechos humanos despreciando los derechos humanos “porque son malos”, o de los que ante las actitudes de los sindicatos reaccionaron despreciando los derechos laborales “porque son malos”, o de los que ante las actitudes de los dirigentes de las organizaciones sociales se limitaron a etiquetar a cualquiera vinculado con ellas como corruptos “porque son malos”.
Sería maravilloso que la opinión pública y su impacto (para bien o para mal) dependieran exclusivamente de "eso es cierto" y "eso no". Pero eso no resuelve el problema, simplemente aumenta el sectarismo y lo exacerba. No les hablo a ellos. Ellos están ganando, a pasos agigantados, una batalla cultural. Si todos son malos, ya no va a quedar nadie bueno a quién apelar. Y si cualquiera que no se siente representado es cómplice o insensible a problemas que no resolvieron en las décadas de dominio que dilapidaron, entonces jamás van a movilizar lo suficiente como para recuperar el terreno perdido.
La crisis argentina somos, pues, todos. Todos hemos contribuido de una forma u otra a que el entramado civil, institucional y económico del país se tornara una cáscara vacía. Todos hemos contribuido a que un discurso visceral y violento llenara ese vacío. Y todos hemos contribuido a que muchos argentinos trabajadores, honestos y decentes sientan que no tienen nada que aportar a una discusión que nunca los incluyó. Una sociedad civil que excluye a una facción enorme de la sociedad de la discusión no puede enojarse de que la gente no se sienta representada por ella.
Y como no me siento representado, ni lo entiendo para estudiarlo desde fuera, ni deseo reducir la nación que me vio nacer y crecer a una simple consigna, es que opto por hablar lo menos posible, porque a veces es mejor callarse cuando no hay nada bueno que decir.
Daría para hablar más. De hecho, daría para un verdadero y rotundo análisis. Esto no es realmente un análisis. Es un desahogo. Puede ser irresponsable de mi parte escribir algo que no sea un análisis, pero si muchos van a dedicar el proceso que estamos viviendo a la supresión de la crítica honesta o a la demonización catártica del otro, entonces me corresponde a mi también hacerlo, al menos para probar.
Yo Argentino, al fin y al cabo.
