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Un Mundo Incómodo

El problema de condenar "las dos cosas".

Por

Felipe Galli

Ya no vivimos en un mundo cómodo.

Es lo que pensé la madrugada del pasado 28 de febrero, cuando me tocó cubrir desde lejos el masivo ataque conjunto de Israel y Estados Unidos contra Irán, que resultó entre otras cosas en la muerte del dictador Alí Jamenei. A través de los breves reportes que me pasaban un grupo de contactos internos (hasta que el corte de internet nos incomunicó), las noticias que veía por otro medios y mi amigo Tariq, en Gaza, que me relató cómo se vivió la respuesta de Irán hacia las zonas controladas por Israel.

Por un momento, me recorrió la misma situación que durante el 3 de enero, cuando me tocó telefonear a mi novio en Venezuela para decirle que el dictador que lo había oprimido desde su infancia había sido reducido, esposado y llevado a Estados Unidos. Es esa sensación de liberación cuando algo históricamente postergado finalmente ocurre.

Pero luego me di cuenta de que el mundo ahora es mucho más incómodo.

No estoy diciendo que el mundo haya sido cómodo alguna vez, pero es innegable que, en las no tan lejanas épocas en las que la geopolítica era una cuestión mucho más narrativa y moral que brutal y directa, esgrimir una opinión sobre casi cualquier tema era menos incómodo. Lo que uno decía no pasaba de una simple e inútil opinión. Y, aunque las opiniones hoy día son incluso más inútiles y poco influyentes, los debates se vuelven casi intolerables e invivibles. La gente se abraza a lo que considera una irrenunciable convicción con un nivel de intransigencia que impide tolerar una opinión disonante.

Y mientras sabía lo que los iraníes con los que había dialogado sufrieron en las semanas previas al ataque, mientras veía videos de la juventud celebrando la muerte de un tirano que los aterrorizó por casi cuarenta años, mientras leía sobre la muerte de niñas en una escuela durante el bombardeo, y veía a mi amigo gazatí sufrir los embates del hambre y el abandono ante el silencio del mundo, supe cuán incómoda era la situación.

Incómoda porque sé que en todo bombardeo va a morir gente inocente. Incómoda porque soy perfectamente consciente de la naturaleza y resultado de la existencia de un hombre como Alí Jamenei. Incómoda porque, a la vez, soy perfectamente consciente de la naturaleza y resultado de la existencia de un hombre como Benjamin Netanyahu. Incómoda porque sé que, dentro de la cabeza de Donald Trump (además de nubes naranjas y fotos de sí mismo) la libertad de millones de personas es un objetivo secundario o terciario casi totalmente prescindible. Incómoda porque sé que, si las teocracias fueran un problema para los trumpistas o para Netanyahu, no se aliarían con un régimen igual de opresivo y nefasto como lo es Arabia Saudita. Incómoda porque sé que no existía absolutamente ninguna otra opción para detener la masacre de Jamenei, que se estaba cobrando la vida de decenas de miles de jóvenes que, como yo, sólo querían poder expresar opiniones y vivir vidas normales.

Esa incomodidad es un gigantesco privilegio. Podría estar incómodo porque no encuentro un lugar para dormir entre escombros o en una tienda maltrecha, sin comida o agua durante días interminables y a la espera de que un ejército brutal me asesine. O podría estar incómodo porque tengo familiares presos o muertos durante las protestas. O podría estar incómodo porque algún familiar murió durante un bombardeo. O, supongo que también cuenta, podría estar incómodo porque no tendría los medios para permitirme que Irán o Gaza o Venezuela me importen.

Pero no, estoy incómodo porque sé que vivo en un mundo que te obliga a tomar partido quieras o no y que no da lugar a tibiezas.

Condenar las dos cosas

Frente a Venezuela había dos opciones. La primera era callarme, fingir que nada pasaba o asumir la clásica postura que han asumido varios en la academia. “Maduro malo, pero Trump peor”. La segunda era tomar partido. Lo cierto es que, como estaba implicado personalmente en el tema, me di cuenta de que en realidad no tenía ninguna opción. Frente a Irán, aunque hubiera podido asumir una posición más "imparcial", me pasaba algo similar. Supongo que este escrito va dirigido a los que sí tienen opción.

Están los hipócritas de siempre, los que van a agitar en la cara a las víctimas civiles del 28 de febrero y tachar de inmoral o miserable a cualquiera que celebre. Por supuesto, en ningún momento van a tener en cuenta a las decenas de miles de víctimas previas a manos de las fuerzas iraníes. Porque para esas personas no existe ningún conflicto, ningún problema y nada de qué preocuparse hasta que no pueden culpar a sus villanos favoritos. A esos no se les habla. Esos han tomado partido por la tiranía iraní. Y a un partido que está de acuerdo con negarle el debate a los iraníes, se le debe negar el debate.

Por otro lado, “se puede condenar al régimen iraní y el ataque estadounidense al mismo tiempo” es lo que más hemos leído en las últimas 48 horas.

Y sí, es la opción más cómoda. Condenar el ataque estadounidense en Irán en redes sociales es mucho más fácil que condenar el ataque en Venezuela, básicamente porque no te interpela. Está a miles de kilómetros y no hablan nuestro idioma, así que no va a venir nadie de ese país a incomodarte con la dura realidad. Que las cuestiones globales son mucho más complejas que un supuesto orden geopolítico panóptico del que no podemos escapar, con un villano definido en la figura del tío Sam y focos de “resistencia popular” representados en esa colección de autocracias rancias apoyadas en delincuencia literal (narcotráfico, terrorismo y crimen organizado) que “tal vez no me gusten, pero Trump es peor”.

Por otro lado, apoyar abiertamente y sin tapujos al régimen iraní es (desde un punto de vista occidental) casi intolerable. Venezuela o Cuba tienen a priori una narrativa mucho más bonita para Occidente. “Justicia social”, “soberanía nacional”, “socialismo” y otra serie de cantos de sirena. En cambio, es casi imposible para nadie con un mínimo de escrúpulo (aún si fuera para simularlo) apoyar un Estado que busca imponer a la fuerza un orden religioso medieval por medio de torturas y ejecuciones públicas y que asesina indiscriminadamente a cualquiera que proteste contra él. En ese contexto, es entendible que para muchos sea fácil asumir la postura de “condeno ambas cosas”.

El problema es que “condeno ambas cosas” no pasa de una mera declaración de intenciones. No contribuye, no aporta. No es más que una lavada de manos muy obvia. A mí me encantaría que no existiera el régimen iraní, y también me encantaría que no estuvieran Trump y Netanyahu. Me encantaría que las cosas se arreglaran sentándonos en una mesa a conversar amablemente hasta resolver pacíficamente nuestras diferencias (que son mucho más antiguas que Trump, Estados Unidos o cualquier otro conflicto geopolítico contemporáneo). Lamentablemente ni este mundo, ni el anterior, ni ningún orden geopolítico posible bajo la condición humana vuelve eso viable.

Estas personas tienen buenas intenciones y no las discuto. Es gente en general buena, gente que no quiere ver como otros sufren.

Pero como el camino al infierno está pavimentado de buenas intenciones, la cosa siempre es más compleja. “No querer ver como otros sufren” no siempre es lo mismo que “no querer que otros sufran”. El que no quiere ver como otros sufren se conformará con no verlo, y por eso no necesita respaldar ninguna acción (por drástica que fuera) que conduzca al final de ese sufrimiento.

Y los implicados iraníes y venezolanos son personas reales que quieren el final definitivo de ese sufrimiento. Se han hartado de leer comunicados.

La ignorancia es un privilegio

Cuando no estamos mirando, pasan cosas malas, tanto a escala geopolítica y política como a escala mundana. En la esquina hay un vecino que le pega a su mujer amparándose en la falta de otros ojos. En la casa de al lado hay un alcohólico depresivo que muestra su mejor faceta cuando sale, aprovechándose del encierro para darse al vicio. En la calle hay un gato pasando hambre, que se ve muy lindo cuando lo acariciamos pero que sufre el frío por las noches, cuando no lo estamos mirando. En un país donde el aborto es ilegal, hay una mujer abortando en un lugar inseguro, en condiciones inhumanas, y probablemente mueran tanto ella como el feto.

Y en los países autoritarios, todos los días languidecen disidentes totalmente inocentes en cárceles hacinadas. Todos los días se tortura o mata a un preso político. Todos los días se obliga a alguien a exiliarse, alejándose de familiares y amigos. Y en concreto, en Irán, durante las últimas ocho semanas, decenas de miles de personas fueron sistemáticamente acribilladas a cielo abierto por una dictadura que se negó a darle a su pueblo el mínimo canal de expresión hasta el último segundo. Los medios internacionales guardaron silencio y los que hoy lloran no lamentan realmente la muerte de civiles en el ataque militar, lamentan haber tenido que verlo.

Se trata de realidades oscuras que elegimos negar. Es natural, mientras no veamos esas realidades no tendremos que hacernos la cabeza con la culpa natural. La culpa de no hacer o no poder hacer nada y la culpa de tener la suerte de no estar pasando por esa situación que otro sí. Y el mundo pesa mucho como para que lo cargue una sola espalda, y su sufrimiento es demasiado grande como para que lo sufra una sola mente. Es pues, una salida obvia preferir no ver.

Pero vivimos en un mundo incómodo, y que no lo veas no cambia que eso ocurra. Y pretender que asumir la posición de la ignorancia permanente es un pacifismo y no un privilegio de lejanía tampoco aportará nada. Está bien, siempre y cuando no pretendas estar aportando algo.

Tampoco cambia la otra realidad: si no se veía alterado el curso de los acontecimientos por un evento puntual (el ataque estadounidense) en ambos casos eso que te negás a ver iba a seguir sucediendo indefinidamente. Sin el 3 de enero, nunca habríamos visto a cientos de presos políticos venezolanos finalmente en libertad. Y sin el 28 de febrero, no se vería la más mínima ventana de oportunidad para que se detenga la barbarie en Irán de una vez y para siempre.

¿Significa eso que voy a salir a la calle a agitar una gorra MAGA y clamar que en Donald Trump tenemos un salvador mundial, garante de la libertad y la democracia? ¿Significa que voy a callar ante el sufrimiento de Tariq en Gaza o dejar de criticar a Netanyahu?

Ni mucho menos, y sé que se vendrá una etapa mucho más difícil en ese sentido.

Porque el mundo es incómodo, pero asumirlo incómodo es mejor que quedarse callado.

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